La ciencia ficción
Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg
Hablando de ambición creativa, qué mejor muestra que Inteligencia Artificial, donde se dan cita casi todos los motivos temáticos que definen la ciencia ficción moderna, los avances científicos y tecnológicos en campos como la informática y la ingeniería genética, la ambigua relación de amor-odio entre humanos y robots, las catástrofes provocadas por la arrogancia tecnológica, la alienación del individuo en una sociedad que ha olvidado las señas distintivas de lo humano, la intervención salvífica de los extraterrestres, el urbanismo delirante, las ubicuas y omnímodas naves áereas, el sexo como mercancía destinada a aliviar la neurosis, expresados a través de un tratamiento icónico que bebe en fuentes de lo más variado y aun heterogéneo: las especulaciones climáticas de Waterworld, las parábolas sobre la crueldad humana de Rollerball o Almas de metal y, por supuesto, las visiones extáticas del encuentro con los seres extraterrestres.
El hecho de que el argumento reúna, además, motivos claramente emparentados con el cuento folklórico y los cuentos infantiles, el abandono del niño en el bosque, la peregrinación en busca del fin del mundo, el hada buena, los augurios, los muñecos animados que acompañan al protagonista, los hechos de carácter milagroso— permite situar a Inteligencia Artificial dentro de las constantes de un director que ha dado reiteradas muestras de su interés por la revisión y actualización de las tradiciones de la narrativa infantil5.
He comentado al principio de esta reseña la variedad estilística de Inteligencia Artificial, y debo insistir ahora en que este es una característica que, a diferencia de lo que ocurre en tantas muestras contemporáneas del género, no se fundamenta en el capricho del director o en el afán de deslumbrar al público.
Por el contrario, los cambios de estilo se hallan en directa correspondencia con la estructura del filme y el desarrollo del argumento.
Los tres grandes bloques narrativos en que podemos dividir el argumento primero, en el que se narra la convivencia del niño androide David con su familia adoptiva, hasta que su madre decide abandonarlo en un bosque; segundo, en el cual se suceden el encuentro con el androide de placer Gigoló Joe, su captura para ser exterminado en la Feria de Carne, la huida de este monstruoso circo y la búsqueda del Hada Azul en ese paraíso del neón que es Rouge City, una especie de Las Vegas elevada a la enésima potencia;
y, tercero, el viaje hacia “el fin del mundo”, un Manhattan sumergido en el océano y finalmente congelado en el hielo, donde David recibe respuesta a su invencible deseo de ser “un niño de verdad”— se corresponden con muy notorios cambios de estilo: elegantísima, luminosa y depurada la primera parte
No acabo de estar seguro una vez finalizada la película obtuve sensaciones contrapuestas de que la integración de estos tres bloques en una unidad sea completamente satisfactoria. No puede dudarse de que la presencia del androide-niño David, abrumadora a lo largo de casi todo el filme, concede unidad a una peripecia presidida por la búsqueda del sentido (el deseo de convertirse en un ser humano y recuperar el amor de su madre), pero tampoco podemos pasar de largo el hecho de que algunos aspectos de la historia pienso en particular en las escasas apariciones del creador de David, el profesor Hobby, a quien encarna ese siempre interesante actor que es William Hurt, aquí en una de esas creaciones tan suyas, entre la vulnerabilidad y la introspección—resultan desvaídos, incompletos, como si el director no se hubiera atrevido a explotar a fondo sus posibilidades. Esta carencia me parece de singular importancia, ya que la función del profesor Hobby en la trama —no sólo es el padre intelectual de David, pues fue quien ideó el proyecto de un androide programado para amar, sino también un hombre que, en una semejanza invertida respecto a su criatura, intenta el imposible milagro de
recuperar al hijo perdido a través de su encarnación en un ser biomecánico ofrece unas posibilidades dramáticas que resultan desaprovechadas por la insistencia de Spielberg en abordarlas desde una perspectiva algo limitada. La eventual dimensión afectiva, sicológica y hasta metafísica de la relación del profesor Hobby con David —que, en la escalofriante escena en la que el niño decapita a uno de sus clones, parece apuntar algún signo de la rebelión de la criatura contra su creador, como un eco algo lejano de Blade Runner y el enfrentamiento entre el androide Roy Batty y su diseñador, el doctor Tyrell
, apenas queda apuntada y en su lugar el incidente apenas si trasciende de la categoría, poco satisfactoria, de una rabieta infantil.
martes, 26 de mayo de 2009
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FUERA DE TIEMPO
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